sábado, 22 de mayo de 2010

¿Necesidad de amor o amor a la necesidad?

Luego de varios días de viaje, llegué a una ciudad ribereña, donde una vez al año se realizaba una convención de escritores, poetas y artistas del lugar; quienes durante cuatro días, exponían sus obras.
Allí, recorriendo aquel museo donde se celebraba en alegre tertulia tan particular exposición, conocí a una joven damicela, reconocida escritora del lugar, quien en un intento perspicaz, cruzó su mirada con la mía y esbozó una amable sonrisa. Sin más, tuve la necesidad de acercarme y platicar con ella, que a pesar de ser más joven que yo, mas su edad no distaba mucho de la mía, era muy elocuente.
Fue en ese mismo encuentro donde le comenté que yo también era autor de algunos poemas y versos, pero que nunca los había mostrado en público, ni siquiera a mis más íntimos. Ella, con su afable sonrisa y suave voz, me convenció que intercambiemos correspondencia y le envíe, en lo posible, algunas de mis pequeñas obras.
A la mañana del día siguiente, debí abandonar aquella ciudad por cuestiones de índole personal, y sin más, emprendí mi viaje.
Al cabo de dos días, llegué a un pequeño poblado; solo algunas casas repartidas en ocho hectáreas eran las que conformaban el lugar, y con suerte, logré divisar una posada donde podría hospedarme por algunos días y tratar de rememorar algunos de mis versos para enviárselos a la joven.
Tuve la suerte de encontrarme en un óptimo estado físico y mental, de forma tal que logré reescribir la mayor parte de los versos que había prometido enviarle.
Fue así como mantuvimos correspondencia durante casi dos semanas; donde ella me comentaba que mis escritos eran muy profundos y llenos de una total pasión; y casi sin notarlo, comencé a apreciar sus comentarios y se gestó un profundo lazo afectivo entre ambos. En una oportunidad, ella me comentó que se sentía atraída por mí, que era maravillosamente hermoso lo que escribía y más aun lo era yo, y me dijo si cabría la posibilidad de poder reencontrarnos. Le informé que en la semana entrante regresaría a la ciudad donde ella habitaba, pues debía cerrar unos negocios pertinentes a mi hermano, con quien también mantenía correspondencia por tal motivo.
Llegué nuevamente a aquella ciudad ribereña por la noche, como lo había estipulado con el comerciante, mas la reuníon con él, no duró mas de una hora. Al finalizar mi encomienda, marché hacia la casa de Rebecca, así se llamaba, y quien en una de sus misivas me había mencionado su dirección. Golpeé a su puerta. Noté que la mirilla se había movido, y en unos segundos ya tenía a la pequeña joven recibiéndome con un gran abrazo.
Recuerdo aquella noche con total lujo de detalles. Cenamos, luego bebimos hasta imbuírnos en la más profunda embriaguez. Fue una larga noche de pasión desenfrenada.
Desperté. Miré el reloj, era casi mediodía; ella no se encontraba junto a mí, mas al levantarme, noté que estaba preparando el almuerzo. Ella me vió y me dijo que luego de almorzar iríamos a recorrer algunos lugares de su ciudad, imprescindibles para todo artista, pues los veneraban como fuentes de inspiración.
Paseando por todos aquellos lugares, ella me dijo que nunca había conocido a una persona tan maravillosa como yo; me ofreció quedarme a vivir con ella. Le preunté si estaba segura de lo que decía. Afirmó. Le dije que debía solucionar unos asuntos particulares, y que posteriormente si ella aun lo pensaba así, aceptaría.
Entrada la noche, luego de despedirme de ella, abandoné la ciudad.
Fueron casi dos meses de viaje por distintas ciudades y pueblos, cuando por fin logré tomarme un pequeño lapso de descanso y decidí escribirle nuvamente. Le comuniqué que ya tenía la mayor parte de mis asuntos resueltos y que si todo seguía en pié, estaría visitándola en unos días.
Me informó que era imposible, pues estaba en una relación desde hacía un mes, y que mi visita sería totalmente inoportuna.
Le contesté con una misiva, en la cual solo incluí lo siguiente:

“Ay tontos engañados por sí mismos, confundid todo.
¿No véis que perjudicaros a vosotros mismos?
Siempre lo he dicho; ¡ser humano, ser insatisfecho!
¡Buscais llenar tu vacío generándote necesidades y luego satisfacerlas!
Mas lo tuyo querida, ¡Ay lo tuyo!
Responded, mas no a mí, sino a tí, esta cuestión:
¿Necesidad de amor, o amor a la necesidad?"

Ese fue el último contacto que tuve con aquella damicela.

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