Un Sol mayor abemolado que se mezcla con la discreta disonancia del tetracordio disminuído de Mi recrea la somnolienta sensación de las madrugadas de Domingo, donde el trinar de los pájaros se entumece con los primeros rayos de sol que guiaban mi zigzagueante deambular.
Las clásicas rimas de las canciones y los poemas endecasílabos ya no parece necesaria en los días de hoy, donde todo se mezcla con todo, para formar nada; donde el corazón humano, ese espacio tan desconocido donde depositamos nuestros sentimientos como cheques sin fondos, sin importancia, dejó de ser el motor impulsor, para mutar a un simple reloj al cual lentamente se le acaba la cuerda.
Esas rimas que los poetas, músicos y otros tantos locos buscamos con gran frenesí para formar párrafos inconclusos, pedazos de hoja, recortes y escritos que van a parar a la papelera de reciclaje, donde todo se mezcla con todo, para formar nada.
Recuerdo desvelarme durante días entrelazando palabras, números y signos para crear una obra, queriendo rememorar situaciones que nunca fueron, sino en apariencia, de felicidad.
Y cuán difícil es la tarea del músico, tras haber tirado las primeras notas en la delicada armonía del silencio, concluir su composición; siendo así tambien para el pintor, tras haber trazado sus primeras lineas, llegar a la forma precisa, buscando luego los colores adecuados; un poco de amarillo por aquí, otro poco de verde por allá, azul, rojo, marrón, violeta, luces, sombras.
¡Pero cuán sueltos nos sentimos cuando nuestro corazón está desauciado! Vemos como la pluma se desliza por la hoja sin esfuerzo, como el pincel, el paño y la paleta de colores parecen conocerse desde siempre, y como las notas imitan el ritmo sereno de la naturaleza.
Hemos olvidado y descuidado un poco a nuestros artistas, aquellos que han encontrado la rima perfecta entre vida, espíritu, alma y corazón.
miércoles, 19 de mayo de 2010
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